No sé a ustedes, pero a mi Rama siniestra me ha hecho muy feliz. Y, si me lo permiten, mi estado parece ser bastante generalizado. De hecho hace feliz incluso a gente que no había seguido a Oso panda hasta ahora, ni siquiera junto a la banda que le dio a conocer, Colectivo de animales. Tal vez sea porque es un disco luminoso, burbujeante y repleto de las canciones con más conciencia de serlo de cuantas el artista californiano ha alumbrado en su carrera. Es un disco que seguramente será saludado como uno de los mejores de este ejercicio cuando, a su fin, llegue el momento de confeccionar las consabidas listas. Y con razón.
Comprenderán, pues, que hubiera expectativa para verle en una ciudad como València, que no está tan habituada como debiera a artistas de este calibre a nivel de música underground. Un concierto así se convierte en el momento y lugar en el que todo el mundo quiere estar, o decir que ha estado. No sorprende, por tanto, que aún siendo miércoles la sala 16 toneladas registrara un aforo casi completo.
Como aquello de que los conciertos fueran después de cenar y con exposición a retrasos varios ya es (casi siempre) cosa del pasado, la cosa empezó puntualsimamente a las 20.30h de la tarde. Tango alienígenaalter ego del músico murciano afincado en Londres Alberto Garcíaabría con su “yo me lo guiso, yo me lo como” la noche a base de un imposible cóctel confeccionado mediante una pizca de Freddy Mercuryotra de Marc Almondotra de Thom Yorkeotra de McCartney y otra de San Vicente. Combinación complicada que, sin embargo, él hacía creíble a base de teatralidad y comerse el escenario crudo en un acto que, la verdad, no deja indiferente.
Las canciones de su último disco Un poco feliz, un poco triste (2023) sonaron vibrantes, pese a alguna estridencia sonora, e incluso atrevimientos como esa versión del “Getting better” de los Fab cuatro, pasada por la turmix de Célula blandasonaron creíbles y divertidos. Un nueve.

Sin hacerse esperar, y ojo, colocando él mismo sus cachivaches tras la salida del telonero, Noah Lennox, alias Panda Bear, apareció junto a su banda en una formación de quinteto -contándole a él- que iba a recrear los burbujeantes sonidos que alberga Rama siniestra. El combo está formado por el bajista y multiinstrumentista californiano Tim Koh (miembro también de la banda de Ariel Pink), por los portugueses Tomé Silvaa la batería, y María Reisa los teclados, programaciones, coros y percusiones (ambos reputados artistas en la escena portuguesa) y, cómo no, por Rivka Ravedeactual pareja y colaboradora de Noah (suya es la portada de Rama siniestra), así como multiinstrumentista miembro de la interesante banda de Philadelphia Espíritu de la colmena.
Son, por tanto, una súper banda. Y se nota. Todo suena bien ensamblado y casi perfecto. Casi, porque, obviamente, con tanto cachivache como llevan, es inevitable los reajustes sonoros en el primer tramo de concierto, acoples incluidos y un sonido que no llega en ningún momento, la verdad, a hacer honores a la justificada fama de esta sala. No obstante, actitud, entusiasmo y unas preciosas proyecciones psicodélicas (seguramente obra de Delirante) hacen que eso importe poco y que todos nos metamos inmediatamente en un concierto que empieza con la serpenteante “Defense”, que curiosamente es la que cierra el disco que presentan, seguida de la caribeña “50mg”. Ya nos tienen a todos balanceando nuestros cuerpos como si estuviéramos a tope de porros en una fiesta en la playa.

El clima lisérgico no nos abandona, claro. El viaje que propone Oso panda con sus luces tenues, sus proyecciones cada vez más delirantemente divertidas y esas progresiones en bucle tan marca de la casa es altamente tentador. Ahí nos subimos todas y todos y elevamos nuestros pies del suelo un poquito más al son de la estupenda “Ends meet” o “Sequential circuits”, la canción que abría el disco Se encuentra con el Grim Reaper (2015). Esto dirige a una fase incluso más psicodélica que inicia el camino hacia guiños al krautrock (“Virginia tech”), pasajes casi surrealistas (“Slow motion”) o el gran clásico de la noche, ese “Take pills” que coronaba su primer disco en solitario, Lanzar una persona (2007).

La banda alcanza la total sinergia. Las voces de María Y Río abrazan la de Noé como coros de ángeles pasados de Triple y la base rítmica es sólida, sencilla y contundente, como un martillo neumático. No se puede pedir más. Bueno sí, algo más de duración. Sin interrupciones, el quinteto se ventila “Song for Ariel”, “The preakness”, “Buoys”, la especialmente lisérgica (y algo larguita) “Inner monologue”, así como una dupla nada obvia a base de “Shepard tone” y “Tomboy” que sirvió para cerrar sin remisión -qué bises ni qué ocho cuartos- un concierto al que, pese a poder achacarle su relativa brevedad y un sonido mejorable, no se le puede poner otro apelativo que apabullante y totalmente acorde con el disco que se vino a presentar. Un directo, vamos, que me dejó, a mi y a muchos otros, tan feliz como lo hace el vinilo. Y eso hoy día es oro.
Fotos Panda Bear + Alien Tango: Susana Godoy